Estrellas. En las noches, siempre pensaba en las estrellas. En el día, también pensaba en ellas, pero las ocupaciones le distraían. Después de todo, sin esa distracción, la nostalgia acabaría convirtiéndose en un exceso de bilis negra.
Ojala fuera otoño, así, el viento que mueve estas hojas tan molestas seria, al menos, un viento no tan helado. Pero las estaciones se confunden entre ellas; las líneas de solsticios y equinoccios se pierden con regularidad. Es pleno invierno, antiguamente ya no habría hojas en estos árboles. La mayoría se volvió naranja hace unas semanas; no están totalmente secas, pero el viento es fuerte... y muy frío.
Sus brazos se mueven instintivamente a cubrir su pecho, tratando de mantener el calor en el corazón y los pulmones. Los árboles se estremecen con prisa, las hojas caían sobre ella; son tantas que las siente como lluvia, no, como nieve. Hace frío.
-Ese maestro es un imbécil. Mira que discutir tanto por un error que no quiere admitir.
-El idiota nos hace venir a clase a esta hora y luego se olvida y nos manda de regreso.
-Tengo frío.- Lo dice temblando.
-Esther, deberías de abrigarte más. No quiero que te enfermes. ¿Porque no dejaste que Ander te llevara? Si te hubieras ido con el no estarías pasando frío ni tendrías que irte sola. Yo te llevaría, pero ya ves que mi carro esta en el taller y aunque me vienen a recoger, quedamos de ir a cenar. Ven con nosotros! Así no me aburro con las platicas familiares y tu no te arriesgas a un resfriado.
-Gracias Ali, pero estoy muy cansada y necesito dormir.
-Mmm... Ok, pero, ten cuidado. Esta muy oscuro y por el frío las calles están muy solas. ¿En serio no quieres venir? Me voy a quedar preocupada. Te hubieras ido con Ander, creo que le gustas. Digo, estas muy guapa y eres muy inteligente.
-¿Callate, como le voy a gustar? El tipo esta guapo, su familia es rica, es inteligente, gentil y muy diferente a los otros tontos de la clase.
-Bueno... Parece que a ti también te gusta. Como sea, ten cuidado.
-No pasa nada, no es la primera vez que ando sola. Además no es tan tarde.
-Bueno pero...¡Mira! Ahí viene mi papá. Cuidate mucho Esther. Cualquier cosa me llamas. Mañana te hablo para ver sigues.
-Cuidate, y saludame a todos.
La camioneta se detiene en la esquina. Alina cruza la calle, subió a la camioneta y se despide gritándole que se cuide mucho. Retornan en esa misma esquina. Esther agita la mano con una sonrisa, mientras las luces de lo conocido se pierden, dejándola sola en aquel desconocido lugar.
La universidad es completamente diferente por la noche. Es la primera vez que esta ahí, tan tarde y tan sola. Las sombras se mueven por todo el camino creando formas y figuras, revelando los bichos que habitan en la oscuridad. Las manos creadas por las viejas ramas la tratan de atrapar. Los ruidos, crujidos, chillidos, aunque no crea en fantasmas o duendes, esa maldita oscuridad da miedo.
El camino sigue derecho durante medio kilómetro; atraviesa la universidad de un extremo a otro y solo así puede llevar a tomar un taxi. Por seguridad tienen prohibido entrar al campus. Los pies entumidos. No siente las orejas y la nariz le molesta.
La paranoia que la mayoría sufre al verse envuelto en las sombras arremete contra ella. Detrás de ella, solo era una sombra. Un chillido, una reja semiabierta. El corazón late más rápido y ella solo piensa en salir corriendo de ahí. Pero el frío le entume las piernas y apenas si puede caminar.
Hace una semana, asaltaron a una estudiante de otra facultad. Atraparon a varios vagos y ella identificó a uno. Aunque no estaba segura, el tipo era parecido. Tenia que ser el; si la justicia no actuaba rápido, la joven se volvería loca pensando que el miserable que la había asaltado y manoseado andaba suelto.
Esther piensa en eso, pero atraparon al tipo. O no? No había que tener miedo de alguien así. Pero apresura el paso un poco más. Faltan unos doscientos metros. Ya puede ver las luces de la avenida.
Las luces se hacen más tenues y el viento sopla más rápido, como si le siguiera el paso.
Es un área llena de grandes árboles, entra poca luz en cien de esos doscientos metros.
Un ruido fuerte. Una sombra. El tipo se abalanzó contra Esther y cayeron al suelo. Ella intenta defenderse, pero el tipo es enorme y muy fuerte. Usa todo su peso y fuerza para intentar zafarse, le aprietan las muñecas y el peso del tipo no la deja ni despegarse un poco del suelo. La desesperación la inunda. El maldito empieza a lamerle la cara. Que asco. Logra librarse la boca, al menos lo suficiente para gritar
-¡Auxilio!-
Grita con toda su fuerza, pero el maldito le tapa la boca. No puede respirar bien. Esta muy frío. El aire que respiro de golpe para gritar le lastima los pulmones. Duele. Todo el cuerpo duele, aunque empieza a perder fuerza. Ve todo borroso. Una luz muy fuerte ilumina todo. Se deslumbra. No puede hablar pero grita por dentro.
-¡Que alguien me ayude! ¡Auxilio! ¡Por favor! ¡Ander!- No esta ahí, pero piensa en Ander.
La luz se siente mas cerca. El dolor, el hedor a perfume barato del idiota que tiene encima. La asquerosa saliva embarrada en su mejilla. El tipo se levanta. Mal nacido. La luz se detiene y ella... se desvanece.
La luna brilla detrás de una nube muy delgada, es lo más cercano a un claro en ese cielo invernal.
En la pequeña sala yace hay un viejo mueble, un librero de metro y medio de alto creado por Hurley hace mucho años. Cualquiera diría que parece mas bien un ropero, pero no. Los espacios para los libros están dentro de los limites de sus dos puertas. La madera es oscura, como los secretos que bien podría guardar, secretos que pertenecían a su dueño original. Pero la identidad de aquella artesanía de caoba protegida por cedro del Líbano se perdió con los siglos. Era una pieza maravillosa que no ha necesitado una sola reparación o restauración en todo este tiempo.
El Hurley contempla a esa hermosa joven. Simple contemplación, un lujo de los muy sabios y generalmente, de los muy viejos. Las lagrimas brotan, acarician sus mejillas dejando un camino que releja la poca luz que entra por la ventana. Que triste es ver a una dama llorar! Más triste es que nadie le consuele.
Alguien golpea la puerta. El ruido le parece molesto pero trata de ignorarlo.
Pasan cinco minutos, dejan de llamar a la puerta. Pasan diez, la joven ya no puede dormir. Pasan veinte y a ella le parece que un cereal no estaría mal. Su pants es viejo, pero solo ira a la tienda. Su blusa es cómoda y resalta su figura. Unos tenis y listo. Toma el dinero y las llaves. Quita el pasador de arriba, gira la perilla. La puerta se abre rápido y con tanta fuerza que de no haberla esquivado, le habría dado un buen golpe en la cabeza.
El movimiento brusco de la puerta fue acompañado de un azote en el suelo.
Ahí esta él, caballeresco, tirado a los pies de la dama. Solo que más bien estaba tirado boca arriba y no de rodillas. Sus miradas se cruzan mas no reaccionan inmediatamente.
Ya sea por una atracción inconsciente o porque ella deambula aun entre los estados del sueño y él es tomado presa de la pena, reaccionan un minuto después. Ambos ríen al unísono al darse cuenta que ella lo tiene a sus pies y que el recibió un buen golpe en la cabeza.
-¿Te dolió?.
-No es nada.
-¿Pero que hacías ahí? No me digas que...
-Si, toque la puerta hace rato y me imagine que estabas dormida. Pensé en despertarte o tirar la puerta, pero mejor me senté a esperar.
-Si hubieras gritado que eras tu me habría levantado. Perdón.
-No pasa nada. Hoy no tengo compromisos, y aproveche para mandar unos correos.
-Oye...
-¿Que?
-¿Ya levantate no?
-Es que el piso esta muy cómodo. Bueno, pero vamos a almorzar.
-Si te esperas una media hora en lo que tomo un baño y me preparo...
-Que tal si comemos aquí...
-¿Tú cocinas?
-Ok. ¿Tienes algo en mente o lo que yo quiera?
-Confiare en ti.
-Gracias Ama Esther.
Esther permaneció mirándolo y no podía dejar de pensar en él, en como la había salvado apenas unas noches atrás, en como la había acompañado desde entonces. Ander la miro y no necesito palabras, pudo escuchar en su mirada lo que Esther quería decir, pudo escuchar ese eterno “Gracias”.
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Este es un extracto, pertenece a una historia que comencé a escribir, pero aun esta en proceso.
lunes, 30 de marzo de 2009
domingo, 15 de marzo de 2009
Poemas.
Estos poemas son de Amado Nervo y su Amada Inmovil.
Los coloco aquí hoy, más no he de comentarlos, hablan por sí mismo.
Se incluyen, porque dicen lo que deseo decir, hoy.
10
IX. SÓLO TÚ
CUANDO lloro con todos los que lloran,
cuando ayudo a los tristes con su cruz,
cuando parto mi pan con los que imploran,
eres tú quien me inspira, sólo tú,
Cuando marcho sin brújula ni tino,
perdiendo de mis alas el albor
en tantos barrizales del camino,
soy yo el culpable, solamente yo.
Cuando miro al que sufre como hermano;
cuando elevo mi espíritu al azul;
cuando me acuerdo de que soy cristiano,
eres tú quien me inspira, sólo tú.
Pobres a quienes haya socorrido,
almas obscuras a las que di luz:
¡no me lo agradezcáis, que yo no he sido!
Fuiste tú, muerta mía, fuiste tú...
Abril de 1915
9
III. EL QUE MÁS AMA...
SI NO te supe yo comprender,
si una lágrima te hice verter,
bien sé que al cabo perdonarás
con toda tu alma... ¡Qué vas a hacer!
¡El que más ama perdona más!
26 de abril de 1913
Y, para concluir, les comparto uno de Manuel Gutiérrez Nájera.
Non omnis moriar
¡No moriré del todo, amiga mía!
De mi ondulante espíritu disperso,
algo en la urna diáfana del verso,
piadosa guardará la poesía.
¡No moriré del todo! Cuando herido
caiga a los golpes del dolor humano,
ligera tú, del campo entenebrido
levantarás al moribundo hermano.
Tal vez para entonces por la boca inerme
que muda aspira la infinita calma,
oigas la voz de todo lo que duerme
con los ojos abiertos de mi alma.
Hondos recuerdos de fugaces días,
ternezas tristes que suspiran solas;
pálidas, enfermizas alegrías
sollozando al compás de las violas...
Todo lo que medroso oculta el hombre
se escapará vibrante, del poeta,
en áureo ritmo de oración secreta
que invoque en cada cláusula tu nombre.
Y acaso adviertas que de modo extraño
suenan mis versos en tu oído atento,
y en el cristal, que con mi soplo empaño,
mires aparecer mi pensamiento.
Al ver entonces lo que yo soñaba,
dirás de mi errabunda poesía:
era triste, vulgar lo que cantaba...
mas, ¡qué canción tan bella la que oía!
Y porque alzo en tu recuerdo notas
del coro universal, vívido y almo;
y porque brillan lágrimas ignotas
en el amargo cáliz de mi salmo;
porque existe la Santa Poesía
y en ella irradias tú, mientras disperso
átomo de mi ser esconda el verso,
¡no moriré del todo, amiga mía!
Poemas, hoy. Dando lugar a la nostalgia, que desde anoche a las 12, se encaja.
Los coloco aquí hoy, más no he de comentarlos, hablan por sí mismo.
Se incluyen, porque dicen lo que deseo decir, hoy.
10
IX. SÓLO TÚ
CUANDO lloro con todos los que lloran,
cuando ayudo a los tristes con su cruz,
cuando parto mi pan con los que imploran,
eres tú quien me inspira, sólo tú,
Cuando marcho sin brújula ni tino,
perdiendo de mis alas el albor
en tantos barrizales del camino,
soy yo el culpable, solamente yo.
Cuando miro al que sufre como hermano;
cuando elevo mi espíritu al azul;
cuando me acuerdo de que soy cristiano,
eres tú quien me inspira, sólo tú.
Pobres a quienes haya socorrido,
almas obscuras a las que di luz:
¡no me lo agradezcáis, que yo no he sido!
Fuiste tú, muerta mía, fuiste tú...
Abril de 1915
9
III. EL QUE MÁS AMA...
SI NO te supe yo comprender,
si una lágrima te hice verter,
bien sé que al cabo perdonarás
con toda tu alma... ¡Qué vas a hacer!
¡El que más ama perdona más!
26 de abril de 1913
Y, para concluir, les comparto uno de Manuel Gutiérrez Nájera.
Non omnis moriar
¡No moriré del todo, amiga mía!
De mi ondulante espíritu disperso,
algo en la urna diáfana del verso,
piadosa guardará la poesía.
¡No moriré del todo! Cuando herido
caiga a los golpes del dolor humano,
ligera tú, del campo entenebrido
levantarás al moribundo hermano.
Tal vez para entonces por la boca inerme
que muda aspira la infinita calma,
oigas la voz de todo lo que duerme
con los ojos abiertos de mi alma.
Hondos recuerdos de fugaces días,
ternezas tristes que suspiran solas;
pálidas, enfermizas alegrías
sollozando al compás de las violas...
Todo lo que medroso oculta el hombre
se escapará vibrante, del poeta,
en áureo ritmo de oración secreta
que invoque en cada cláusula tu nombre.
Y acaso adviertas que de modo extraño
suenan mis versos en tu oído atento,
y en el cristal, que con mi soplo empaño,
mires aparecer mi pensamiento.
Al ver entonces lo que yo soñaba,
dirás de mi errabunda poesía:
era triste, vulgar lo que cantaba...
mas, ¡qué canción tan bella la que oía!
Y porque alzo en tu recuerdo notas
del coro universal, vívido y almo;
y porque brillan lágrimas ignotas
en el amargo cáliz de mi salmo;
porque existe la Santa Poesía
y en ella irradias tú, mientras disperso
átomo de mi ser esconda el verso,
¡no moriré del todo, amiga mía!
Poemas, hoy. Dando lugar a la nostalgia, que desde anoche a las 12, se encaja.
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