miércoles, 4 de febrero de 2009

Cuentos del primer amor... I El Jardín



Hubo pues un lejano Reino, poderoso y gobernate sobe muchas naciones, lleno de gloria y esplendor. El Soberano Rey de este Imperio, había dejado su trono por un largo viaje de conquista a tierras muy lejanas, había de traer mucha mejor vida y riquezas para su pueblo. Mientras el rey no estuvo, el cuidado y gobierno del imperio quedo a cargo de los nobles, príncipes y protectores que el mismo había designado para la tarea.

 

De entre las familias que vivían dentro del castillo, muchas eran nobles por sangre o amistad con el Rey, llenos de paz y tranquilidad eran sus días, lejos de los problemas del gobierno pues solo unos cuantos llevaban sobre sus hombros esa responsabilidad.

 

Una de estas familias había recibido por parte del Rey un hermoso regalo: Un Jardín.

 

Este Jardín era pequeño, lleno apenas de algunos retoños y preciosos botones de flores que aun estaban por nacer. El Jardín era de la tierra más fértil, oscura de un café bellísimo, llena de rosas y tulipanes rojos. Una fuente en el centro regaba todo el Jardín, la fuente era grande y llena de un agua clara que fluía continuamente sin cuidado alguno a derramarse, porque al derramarse hacia de aquel lugar un mundo más maravilloso, más digno de verse que ningún otro lugar en el Reino.

 

Aquella familia tuvo necesidad y deber de viajar a tierras lejanas para cuidar de aquel reino y de las tareas que su Rey les había encomendado. El Jardín era tan bello, tan importante para ellos que no dejaron el cuidado del mismo a cualquier persona, ni siquiera a los siervos de mayor confianza se les dejo esta tarea, fue a un noble a quien se le pidió realizar aquel trabajo.

 

Este joven noble pertenecía a una familia que por generaciones había sido fiel amiga del reino y de su gobernante, todos los hijos de esta casa fueron hechos príncipes por el Rey, no por sangre sino por Hecho. Habían ganado su titulo, mas allá de sus antepasados.

 

Aquel era fuerte, inteligente y de gran poder, pero callaba su existencia mientras fuese posible. Aun y que él prefería ser un tanto anónimo, cuando era mas joven había ganado fama en el reino, cuidaba bien de su familia y era un excelente guerrero. Durante su niñez el Rey mismo le había instruido muchas veces en muchas cosas referentes al Imperio.

Esa fue su adolescencia, llena de triunfos y gloria, poder y grandeza.

 

Cuando creció, su carácter cambio, perdió interés en muchas de las cosas que había en su vida, y perdió la noción de su verdadero propósito. El Rey muy triste por ello, le llamaba cada día y buscaba levantar su animo, que volviera a ser fuerte, que dejara la tristeza que le envolvía y la melancolía que le inundaba, pero nada funcionaba. Se aburrió de su existencia, perdió el control de su destino y entrego su camino a la nada.

 

De entre todos los que habitaban el castillo, no había quien fuese mejor guerrero y guardián de tesoros que este joven, que por la fama de su juventud le eran confiados toda clase de tesoros extraños y valiosos, oro, joyas, diamantes, libros invaluables, rarezas de antiguas culturas, arcanos de todo tiempo y tipo. Aunado a esto, aun los aldeanos pedían su consejo y favor en muchas cosas.

Dada esta misma fama, cuando llego el tiempo que los dueños del Jardín viajarían a cumplir su misión, el único del reino a quien le fue confiado tan preciado y vivo tesoro fue al joven Hilliard, quien siendo conocido de esta familia, no tuvo reparo en aceptar la tarea.

 

Antes ya había visto el Jardín, y llamo su atención de maneras que nunca antes había imaginado. Cada día caminaba sobre los muros del castillo, cuidando y observando el reino, dentro y fuera observaba, pero cuando pasaba frente al jardín, de día o noche, era hechizado por su joven belleza, veía las flores, los árboles, los retoños florecientes, bajo la luz de la luna llena, o bajo el sol de verano, siempre quedaba absorto. Por ello, cuando le encomendaron la tarea de cuidar el jardín, no tuvo duda, sino que la más grande alegría le lleno, y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo.

 

Muchas guerras, muchos enemigos, muchas tragedias habían cauterizado su alma, se hizo frió y duro de corazón para soportar el sufrimiento del pueblo, dejo de lado todo sentimiento, hasta que aquel Jardín hizo que su corazón empezara a latir de nuevo.

 

Había visto ese Jardín, lo había contemplado, se había enamorado de él, pero jamás tuvo el valor de pedirlo, jamás tuvo el valor de pedir entrar en él, de rogar arrodillado para que le permitieran entrar en él, lavarse la cara y beber de tan pura y cristalina agua que nacía de la fuente al centro del jardín, jamás tuvo valor para comer de sus frutos o preguntar su precio para comprarlo.

 

Cuando le pidieron cuidar del, se emociono, pero como había aprendido, no lo expreso, no lo reflejo. Por dentro ardía su corazón en un fuego que hace mucho había escuchado, pero nunca había sentido dentro de él. Hilliard no tardo. Habiendo ya partido los nobles, tomo su cargo de inmediato, reconoció el terreno, midió los alrededores, probo la cerca que protegía aquel paraíso, vio cada tipo de flor, planta y adorno que había dentro de él.

 

Los largos días que transcurrieron fueron como el atardecer, imposibles de detener pero con el deseo de que nunca llegue a su fin. Hilliard cuido del Jardín, edifico nuevos muros, planto nuevas flores y ahuyentó todo bicho o animal que pretendiera destrozar tan perfecto lugar, vigilo día y noche por aquel jardín, y habiendo terminado toda labor, se sentaba en el muro que edifico, veía la hermosura del lugar, la tierra café claroscuro, las enredaderas que parecían hermosos cabellos, la fuente que en el centro regaba todo el lugar, era simplemente el mas bello paisaje de todo el mundo que el había conocido, y este joven había ya viajado mucho para este momento. Se enamoro más del Jardín.

 

Habiendo ya pasados muchos días, aquella familia noble regreso con éxito, mayor riqueza y felicidad que antes, habían cumplido su propósito y todo era perfecto. Llegando a su casa, vislumbraron un alto muro rodeando el lugar donde descansaba el Jardín, y en el centro del muro, en la puerta principal unas letras grabadas en piedra que decía:

 

“ يانة”

 

Ese fue el nombre que Hilliard le dio. Nunca sintió más alegría o felicidad que en los días que estuvo cuidando de aquel Jardín, pero como todo aquello que es bueno... esto también terminó. En los días siguientes al regreso de los nobles, el Protector buscó valor para pedir a tan agraciada familia que le permitieran comprar aquel Jardín; busco el momento, reunió todo su dinero y sus riquezas, y al fin cuando estaba apunto de hacer su oferta encontró en su camino a un amigo.

 

-         Recuerdas aquel Jardín que te había yo comentado que quería?

-         Si lo recuerdo – Sin inmutarse, sin dudar, sin reflejar el anhelo que sentía por aquel jardín, la conversación continuó.

-         Lo he comprado! He hecho mi oferta y aunque era poco, lo aceptaron! Dicen que fue por la emoción que exprese, por el sentimiento que refleje y sienten que podré cuidar de él mejor que nadie!

 

Hilliard guardo silencio por unos momentos, buscando no importunarse, no reflejar lo que nadie sabía: sus sentimientos. Cuando al fin logro hablar, lo único que pudo decir fue un seco -Bien, has tenido suerte amigo mío.

 

Callado, triste y moribundo por dentro el guardián se retiro, subió al monte que se encontraba detrás del castillo y busco la ayuda de Dios.

 

En su corazón le dolió mucho, tardo mucho en expresar sus intenciones y había perdido ante alguien a quien apreciaba; todo su trabajo lo disfrutaría un amigo, y aunque seguramente seguiría visitando aquel Jardín, jamás seria suyo, jamás podría entrar a la media noche, jamás podría observar su fuente bajo la luna ni podría pararse en los muros del castillo a observar la belleza de aquel lugar sin que alguien o él mismo se lo reprochase.

 

Tardo días en meditar lo que pasaba, enviaba mensajes para saber si el Jardín estaba bien, siguió cuidándolo de lejos, vigilando desde los muros del castillo, meditando en su belleza, pensando en cómo debía actuar, si debía hacer el mismo una nueva oferta a los nobles, si debía robar el titulo del terreno, busco, pensó, medito. Después de largos días pensó:

 

-         Si este Jardín fuese una bella dama, sería justo para ella decidir entre dos amores? Yo le he cuidado, protegido, he estado ahí en todo momento difícil, mas he aquí mi amigo ha venido, se a atrevido y le ha comprado, hasta ahora ha cuidado bien de él. Seré yo justo al querer reclamar algo que nunca fue mío, aunque lo ame, nunca me perteneció. El amarlo no me hace su dueño, solo su protector. Aunque le cuidé y me aceptó, nunca me dijo que seria yo quien le cuidaría para siempre, lo que hice, fue sin promesas ni por deber, solo por amor fue hecho. Así pues este Jardín tome su decisión, le cuidare de lejos, seré atalaya y guardián día y noche, y si comenzare a marchitarse su flor o a secarse su fuente, mi amigo será responsable y no tendré temor de actuar, estaré ahí para cuidarle siempre y hacerle renacer cada vez que mengue su belleza. Este es mi deseo y así lo haré, pero grabare esto, para que en mi vejez no me arrepienta yo de no haber intentado remediar mi error, que no me arrepienta yo de no haber luchado por aquello que atrapó mi alma y me enamoró.

 

Por ello se grabaron estas palabras en la piedra de la fuente. Por ello callo Hilliard y no dijo nunca que amaba aquel Jardín

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