El final de una tarde. El sol continúa su eterno viaje. La luna aparece, plateada, brillante.
Las primeras estrellas resplandecen ya y quizá sean las únicas; el cielo es maltratado por un manto gris que no son nubes. A pesar de todo, el viento está presente, fresco y limpio; en constante movimiento.
Lo alto de un monte, y desde aquí, las luces debajo cobran una nueva forma. Un mar de luciérnagas inmóviles. Un dragón de luz avanza lentamente y recorre la ciudad.
Minuto a minuto. Una hora, otra hora. Días, semanas... Corriendo sin parar.
Al fin, después de mucho, la cima de este monte logra detenerme. Silencio y quietud me obligan a escucharme. Las eternas preguntas que persiguen al hombre son nada en este instante. Las preocupaciones, los dolores, las dudas... son tan insignificantes. No hay nada, nadie. Solo yo y delante de mí, el mundo; rodeándome, el mundo. Pero solo yo.
Ahora lo entiendo, por eso corría. De eso huía y me alcanzo. No la soledad, sino la conciencia de esa soledad.
No es: "Solo Estoy Yo"
Es: "Yo Estoy Solo"
Y fue ahí, en esa soledad donde lo note. Estoy Solo, pero al mirar al cielo, siempre hay alguien. Al mirar en derredor, siempre está ahí. Al contemplarlo todo, al contemplarme a mí, le veo a Él.
Esto fue lo que vi, lo que aprendí o recordé. Esto fue lo que noté:
Estoy solo y aun así, vivo. Vivo porque debo vivir.
Aun cuando no haya nadie por quien vivir. Aunque no haya nadie por quien morir.
Yo sigo aquí y por Mí es por quien debo vivir.
Solo si vivimos es que nuestra muerte tendrá sentido.
Solo viviendo honramos el regalo que Él nos dio.
Solo así le honramos.
Solo honrándole, vivimos.
Y el viento que soplaba arrecio. El manto gris que cubría los cielos fue apartado. Aun las nubes se hicieron a un lado. El manto oscuro fue rasgado. Estrellas y Luna aparecieron. Su luz lo cubrió todo.
Y entonces noté… Nunca más volví a correr. Nunca más podré... morir.
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En esta ocasión no habrá fotografía, y es que francamente no encontré ninguna que llenara lo que imagine, ni siquiera cerca. Así que lo que haya podido trasmitirles, la imagen que hayan creado en su mente al leerlo, esa es la mejor fotografía que les puedo ofrecer.
Es claro que me gustan los escritos de David y Salomón. David dejo plasmados muchos momentos de soledad y tristeza, así como de todo tipo de emociones. Dejo escritos estos versos en lo que hoy se conoce como el Salmo 139. El escrito completo es extenso como para incluirlo en este espacio, así que dejare solo una parte interesante y después el link a una página donde podrán leer, si así lo desean, el texto completo de este magnífico poeta.
Aquí los versos del 8 al 12 de este cantico de David:
8 Si subiere a los cielos, allí estás tú;
Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.
9 Si tomare las alas del alba
Y habitare en el extremo del mar,
10 Aun allí me guiará tu mano,
Y me asirá tu diestra.
11 Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán;
Aun la noche resplandecerá alrededor de mí.
12 Aun las tinieblas no encubren de ti,
Y la noche resplandece como el día;
Lo mismo te son las tinieblas que la luz.
Y aquí el link:
Salmos 139
martes, 10 de febrero de 2009
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