martes, 24 de febrero de 2009

Recuerdos: Un día caluroso.

Es sin duda uno de esos días calurosos y aburridos. El tedio es adornado por las moscas que sobrevuelan los restos de comida en el piso. El viejo sillón de piel negro sobre el cual descanso, es asquerosamente pegajoso. Y lo peor es que no he comido nada en tres días, el agua sabe a sarro y el sudor es tanto que no importa cuanto lo limpie, siempre acaba entrando en mis ojos y el muy maldito arde como aguarrás.
Tengo que salir, no por aire fresco (afuera es mucho peor), debo pagar la renta de este miserable departamento en el que no cabemos; las moscas, las cucarachas, las hormigas y yo nos disputamos el espacio. Este lugar en un pedazo de basura, sin calefacción, sin agua caliente, sin aire acondicionado, con una sola toma de corriente, así que, o prendo el ventilador o veo la tele... adivinen cual gana.
Me comencé a vestir y salí a la casa de la rentera. Esa vieja no se digna a vivir en esta pocilga, tiene otra un poco más decente al otro lado de la ciudad. Así que tengo que caminar por dos horas y tomar el subterráneo para llegar allá. En fin, hay que caminar.

El piso esta caliente, estos tenis se calientan demasiado, pero si usara otro tipo de calzado más abierto, el sol me quemaría los pies. Así que tengo que aguantar el calor y lo húmedo que quedan por el sudor. Esto es un asco.

Cuando cruzo la calle, un imbécil casi me atropella. Es una de esas pequeñas calles sin semáforo, es cierto, el tipo iba a cuarenta a lo mucho, pero aun así debió fijarse y ceder el paso. Los demás peatones parecen no notarme, me ignoran, soy demasiado insignificante para ellos. Me empujan, y cuando les grito, los bastardos cobardes ni siquiera voltean a verme. Quise ahorrarme la caminata pero el maldito camión no se detuvo; es mejor el subterráneo, pero aun faltan muchas calles para eso.

La calle esta llena de perros, pequeños y grandes, perros por todos lados. Los muy idiotas me ladran. Cada vez que ladran lo hacen mas fuerte, como enojados, ladran y enseñan los dientes con gruñidos que harían temer a cualquiera, a cualquiera menos a mi. Uno de ellos, el mas grande, es un maldito perro negro con unos colmillos que bien podrían partirme el brazo de una mordida. Ladra y ladra, gruñe furioso, se adelanta un paso, prefiero ignorarlo, pero ladra demasiado... Callate! Le grite al tiempo que le miraba furioso. El cobarde se fue con la cola entre las patas aullando como un cachorro recién pateado; todos los demás se van tras el, pero ellos ni si quiera voltean la mirada.

Por fin llegue al subterráneo, fue una caminata larga pero no me resulto cansada. Me siento ligero aunque de cierta manera, el calor y la sensación pegajosa del sillón aun permanecen.

Bajo las escaleras y continuo con el eterno ritual hasta que llego al vagón. Es medio día pero no hay mucha gente, de hecho solo hay unos vagos, unos trabajadores y unas cuantas jovencitas. Una de ellas me gusta. Esta un poco alejada de las otras, parece algo tímida. Me le acerco por detrás y le susurro al oído:
-Hola señorita, es usted muy hermosa.- No me contesta.
-Disculpe, le gustaría tomar un café conmigo?- Me ignora, no se librara de mi.
-Vamos! Contesta! Bajate conmigo y vamos a divertirnos!- Grite y grite pero la muy zorra no me contesto, solo me ignoro escribiendo mensajes en un celular.
-Maldita zorra!...- Seguí maldiciendo y no me miraba, no me miraba, me ignoraba aun. Estaba furioso, enojado y di un manotazo y le tire el celular. Me baje mientras disfrutaba de los gritos de miedo de esta niña zorra.

Por fin llegue al edificio de la rentera. Una vieja chaparra y delgaducha que caminaba a medio paso. Salude al portero y no me contesto. Que acaso ni los lacayos tiene educación en estos días? En la recepción pregunte por la vieja para ver si estaba, y de nuevo me ignoraban. Llegó una señorita, y como me seguían ignorando me quede a esperar que a la secretaria se le diera la gana contestarme.

-No esta la dueña?- Pregunto la jovencita.
-Que asunto tiene con ella joven?- La secretaria se portaba amable con ella.
-Vengo a preguntar por un departamento en el nuevo edificio, dicen que demolerán el vejestorio de la calle 25 y que si pedíamos un departamento con anticipación, pues, nos darían buen precio y...-

Ya no pude escuchar, iban a demoler mi edificio! Como diablos podían demoler mi edificio? Es cierto que últimamente no había muchos inquilinos, quizá solo los de mi piso, pero... Porque? Mientras seguía preguntándome, la secretaria le decía a la jovencita donde estaría la vieja y me dirigí para allá, tenia que reclamarle a esa vieja o al menos separar un lugar en el nuevo edificio.
Al fin llegue, es un lugar tenebroso este cementerio. Había un montón de personas en el centro y camine hacia ellos, eran demasiados. Ahí estaba la vieja, llorando, quizás algún familiar, pero... eran demasiados féretros para una sola familia... No importa, no vine a eso. Estuve a punto de acercarme a la vieja y confrontarla pero estaba llorando, no pude, podría esperar a mañana. Muchas personas lloraban, muchas familias distintas, pero nadie conocido.
Aun así, mucha tristeza, soledad, eso era lo que había en el ambiente. Por alguna razón, sentí nostalgia, comencé a llorar. No podía dejar de llorar y no quería hacerlo.
Mientras las lagrimas corrían y mi voz parecía disminuir con cada sollozo, comencé a recordar tantas cosas. Comencé a recordar toda mi niñez, mis padres, su cariño, lo que me enseñaban. Recordé las veces que llegue golpeado a casa, y mamá me abrazaba y el dolor se iba. Recordé cuando era mayor y papá me daba consejos de cómo invitar a esa joven que me gustaba. Recordé mi primera novia, recordé las demás novias. Recordé mi primer beso y todo lo demás. Recordé lo que hice después, ya de grande. Las borracheras, las peleas, las drogas, las mujeres (ya no eran las novias, solo las mujeres). Recordé el olvidar a mis padres. Recordé esos tontos que hablaban detrás de un mueble de madera, recordé las cosas que decía aquel libro, recordé la pregunta que me hicieron, recordé la diferencia que en ese entonces no vi y ahora veo, la diferencia entre mi niñez y mi juventud. No logro identificar cuando cambie, pero note mi carácter y mis acciones, sentí la falta de inocencia. Sentí... la culpa. Recordé las historias de un Dios que era tres, recordé la Sangre y el Espíritu y me dolió, me dolió porque sentí que no lo conocería, que estaría lejos siempre... Y no deje de llorar, aunque ya no tenia lágrimas.

Un tipo de traje se me acerco, tenia mal gusto; Quién lleva traje blanco a un funeral?. Pero se me acerco y dijo: Es hora.

Volví a calor, a la oscuridad, a la soledad. Solo que esta vez era mucho peor y no se porque lo sentí así pero, también era para siempre.

Y recordé, que se me ofreció el perdón y lo rechacé.




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La perspectiva y el punto son claros... Este es el reflejo de una de las probabilidades en la apuesta de Pascal.

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